Campanario.

Cuando empecé a oír cada toque de aquel gran campanario que había ahí enfrente y veía cada día por la ventana, me desperecé, y empecé a abrir los ojos, poco a poco, como si me diera miedo ver la realidad… No conté cuantos toques había dado el reloj, pero supe que era tarde, me había pasado todo el día durmiendo, por el simple hecho de no querer ver que el tiempo seguía pasando y ya no estaba él a mi lado.

Puse los pies sobre el suelo, estaba frío, pero no me puse nada cubriéndolos, iba en ropa interior, y al ver la sudadera roja sobre la silla, me la puse, sin prisa, y sentí su suavidad… Luego, andé hasta la ventana, me senté frente a ella y miré de reojo el campanario que me atormentaba. Las dos de la madrugada.

Pero no era eso lo que me dolía, no era la hora y el echo de que me acabara de levantar, sino, que aquel reloj que me miraba fría y desafiantemente, me gritaba como riéndose de mi, porque él ya no estaba a mi lado, y sólo él era dueño del tiempo que había pasado ya sin verle, y me lo marcaba segundo a segundo, y lo peor, porque aquella enorme torre, aquel campanario, había sido testigo de nuestro último abrazo a sus pies. Porque ya no estaba, porque se había ido, y aunque ahora seguramente estaríamos mirando las mismas estrellas, la misma luna alumbrando el paisaje, era cada uno el suyo, su paisaje, y a ambos nos tocaba olvidar, la vista no era la misma, y yo era la oveja negra, pues me había tocado el paisaje esponja, una esponja que había absorbido todos los momentos y recuerdos imaginables… Y ahora, me los escupía a la cara. No podíamos vivir el uno sin el otro, o al menos, yo no podía vivir sin él. Y lo sabíamos. Él, yo, nosotros, vosotros que lo sabéis ahora, el tiempo, nuestras imágenes que miraré ahora sin encontrar ningún consuelo, los pájaros que nos vieron vivir, las flores que cogía para mi, esa sudadera que llevaba puesta, y todos los “Seguiremos hablando, aunque estemos lejos”, que quedaron en el aire…

Me volví fría, reacia a cualquier muestra de cariño, porque ningunos brazos abrazaban como los suyos, porque no había dejado, ni quería dejar, que nadie me abrazara si no era él, porque me hacía más daño tenerlo a miles de kilómetros, que recorrerlos con las rodillas. Y es que lo hubiera hecho. Habría sido capaz si fuera cierto que seguía esperándome.

Querido “él”, tú que me esperarías eternamente, y ya no estás… Aunque duela decirlo, y me pese en el alma, el campanario tenía razón al susurrar cada hora, que sería la única que recordaría siempre. Y es que las palabras se las lleva el viento, pero el recuerdo permanece con el tic-tac.

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