Enamorarse de atardeceres y suspirar por alguien.

Hablar del amor es complicado. He llegado a la conclusión de que la gracia de los sentimientos es que nunca llegas a expresarlos con exactitud, es algo así como imposible. He llegado a la conclusión de que más allá de la cantidad de tipos de amor que hay, hay una cantidad aún mayor de formas de expresarlo. Hay seguramente mil formas de enamorarse, puede ser tan simple a la vez que complejo como hacer reír a alguien y quedarte pillado con su sonrisa, o puede ser tan increíble como andar por la calle distraído y que al levantar la vista del suelo, haya una persona especial mirándote fijamente. Puede ser tan normal como conocer a alguien que con el paso de los días se va ganando un hueco en tu corazón. Incluso podría ser tan complicado como enamorarte de alguien que sabes que te va a hacer daño.

Pero como he dicho antes, es lo que tienen los sentimientos, ninguna palabra llega a describirlos con exactitud, y ya va más allá del significado que una misma palabra pueda tener según de qué persona salga. También va más allá de lo sobrevalorada que esté una palabra u otra. Va más allá de los límites, porque creo que los sentimientos son aquellas sensaciones que siempre están presentes, esas en que las palabras no bastan pero a veces sobra con una mirada para que dos personas se entiendan. Sólo tiene que haber algo. Algo inexplicable.

Y por eso hoy y siempre procuro no etiquetar las cosas, hoy y siempre procuro sentir.

No quiero enamorarme, porque será entonces cuando diré que me he enamorado. Y con eso lo estaré explicando todo. Y no hace falta explicar nada cuando todo lo que tienes que decir no importa, cuando cada mirada y cada suspiro son las únicas explicaciones que puedes dar.

Hoy me enamoré de un atardecer, porque me pareció hermoso, porque fue el final perfecto de otro día.

Hoy me gustó la inmensidad de una mirada, porque me transmitió ternura, porque aquel brillo era mágico.

Pero entonces suspiré al cerrar los ojos y pensar en alguien, y lo supe. No podría explicar nada de lo que me hacía sentir. Cada por qué se quedaba corto, y lo supe. No suspiré porque fuera hermoso, no suspiré porque fuera inteligente, ni porque fuera imposible. Suspiré, y supe que eso no explicaba nada, y me sentí feliz por sentir tan inmensamente.

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